27/09/2019

La dermatitis atópica es una enfermedad crónica inflamatoria muy común que llega a afectar al 20% de los niños y al 10% de los adultos en los países industrializados. Sus síntomas incluyen eritema, edema, liquenificación, excoriaciones, supuración y formación de costra en la piel. El prurito es un rasgo dominante en esta patología y genera comorbilidades como dificultad para dormir y angustia psicológica, suponiendo una carga de enfermedad continua para pacientes, padres e hijos.

La patogénesis de esta enfermedad no está del todo clara; no obstante, influyen de forma destacada en su desarrollo defectos en la barrera dérmica y una respuesta inmune alterada. Así, los factores genéticos y medioambientales afectan de manera determinante en la expresión de la dermatitis atópica. Por otro lado, a pesar de la mejora en el conocimiento de las vías moleculares que intervienen en la dermatitis atópica, las terapias más tradicionales no se basan en ello.

La estrategia de manejo de la dermatitis atópica se basa fundamentalmente en la gravedad de la enfermedad que muestre el paciente en el momento actual y en el pasado, junto con las comorbilidades que padezca. Así, el abordaje inicial incluye la educación del paciente, la terapia con emolientes y evitar los agentes desencadenantes. Se ha demostrado que los emolientes reducen la incidencia de dermatitis atópica, resultando tan efectivos como los esteroides tópicos de baja potencia.

La reducción del prurito y la inflamación son los objetivos terapéuticos principales en esta afección de la piel, así como evitar las exacerbaciones, minimizando los efectos secundarios de los fármacos. El abordaje puede ser difícil y puede requerir la combinación de varios tratamientos. 


Autor: